Si recorres el campo andaluz en otoño, puede que escuches un sonido grave, casi como un eructo, saliendo del bosque. Es la ronca del gamo: los machos llamando a las hembras en plena época de celo.
El gamo es fácil de reconocer. En verano, su pelaje rojizo se cubre de manchas blancas, y los machos lucen unas cuernas anchas y planas, en forma de pala. Cada primavera las pierden, y durante el verano les vuelven a crecer.
Llegó a la península desde Asia Menor, de la mano de fenicios y romanos, y hoy vive en montes y dehesas de media Europa. Los hay moteados, oscuros, color canela e incluso blancos. Y cuando se asustan, huyen dando saltos con las cuatro patas a la vez. Elegancia en estado salvaje.