Durante siglos, en Europa se decía “cisne negro” para hablar de algo imposible, porque todos los cisnes conocidos eran blancos. Hasta que, a finales del siglo diecisiete, unos exploradores neerlandeses llegaron a Australia… y allí estaban.
El cisne negro tiene un plumaje casi totalmente negro y un pico rojo intenso con una franja blanca. Pero guarda una sorpresa: cuando vuela, muestra las plumas blancas de sus alas, que en reposo permanecen ocultas.
Macho y hembra forman parejas estables y se reparten el trabajo: los dos incuban los huevos y cuidan de los pollos, que a veces viajan cómodamente sobre el lomo de sus padres.
Hoy es el emblema del estado de Australia Occidental. Y su nombre sigue sirviendo para describir lo inesperado.