De día apenas lo verás. El alcaraván del Cabo pasa las horas de luz inmóvil, pegado al suelo, confiando en su plumaje pardo y moteado para pasar desapercibido. Pero cuando cae la noche, abre sus enormes ojos amarillos y sale a cazar.
Vive en las sabanas africanas y es pariente del alcaraván común, que también recorre de noche los campos andaluces.
Sus silbidos agudos son uno de los sonidos más característicos de la noche africana. Y un detalle curioso: lo que parecen sus rodillas, gruesas y marcadas, son en realidad sus tobillos. En inglés lo llaman “rodilla gruesa”.
Pone los huevos directamente en el suelo, sin nido, y defiende a sus pollos con valentía. Un maestro del camuflaje con ojos de búho.