De pie, erguida sobre las patas traseras y sin perder detalle: así vigila la suricata. Esta pequeña mangosta del desierto del Kalahari vive en familias numerosas donde todos colaboran.
Mientras el resto busca comida, una de ellas hace de centinela desde el punto más alto. Si ve peligro, da la alarma, y lo más curioso es que usa gritos distintos según la amenaza venga del cielo, como un águila, o de tierra, como un chacal.
Las manchas oscuras de alrededor de los ojos funcionan como gafas de sol. Y es una cazadora valiente: resiste en parte el veneno de algunos escorpiones. De hecho, los adultos enseñan a las crías a cazarlos ofreciéndoles primero escorpiones sin aguijón.
Por las mañanas, toda la familia se pone al sol con la barriga al aire. Recargando energía para otro día de trabajo en equipo.